• Iván Márquez

Una historia que vale la pena (conclusión)

Hace algunas semanas publique por este medio una historia que removió las fibras más entumecidas e insensibles que cualquiera de nosotros hubiera podido tener, la historia de “Gorda” una perrita callejera que fue a parar al Centro de Control Animal Municipal gracias a la insistencia de una persona a la cual le desagradaba ver que rompiera las bolsas de basura en busca de alimento; a escasos minutos de ser sacrificada tras cumplirse el termino reglamentario comenzó a parir, conmovidos porque el estado famélico en el que venía no permitió mostrar su condición el personal de centro acordó permitirle que terminara su labor de parto y cancelar su sacrificio.

Fue entonces cuando se me contacto para ayudarla, celebrábamos el hecho de que vida nueva le salvara la propia, pero la inquietud de que el estado de desnutrición en que se gestaron los 11 cachorros mermara las posibilidades de vida acechaba el festejo y vislumbraba días difíciles e inciertos, así llegaron mis doce inquilinos.

Habiendo operado durante mucho tiempo un albergue, la procuración de fondos, el extenuante trabajo de cuidado y la decepcionante realidad de saber que esto nunca termina aunada a las responsabilidades de cada uno, trabajo, familia, etcétera, nos llevaron en algún momento a perdernos en la obligación voluntariamente adquirida y dejar de disfrutar los momentos de convivencia personal entre los miembros de Provida y con nuestros protegidos.

Encontrarnos cajas o bolsas de hule cerradas en la puerta del albergue con camadas de cachorros vivos algunos y asfixiados otros era literalmente una pesadilla; la irresponsabilidad, falta de cultura y educación de la sociedad que veía en nuestra labor altruista una obligación nos consumía día a día. Bueno con este pequeño antecedente ahora puedo decirles que el pronóstico tanto para mí como mis once hijos putativos y su madre podía ser solo uno…..remembranza de la frustración.

Paradójicamente los días transcurrieron más evocados a actuar que a pensar, teniendo que verificar que todos comieran, defecaran, respiraran dormidos y evitar que fueran aplastados no había espacio para darle vuelo a la mente perturbada y su mecenas el ocio. - ¡Amanecieron cabezones!- Dije el primer día exhalando alivio. –Ya es ganancia.

El trabajo de la madre fue excelente, imposibilitada para recuperar peso puesto que once pirañitas la asaltaban y explotaban cuanto recurso explotable tuviera dentro de sí cuan PEMEX al subsuelo mexicano, no se rindió y fue dándome la tranquilidad y certeza de que sobrevivirían, supongo que ahí en algún momento no percibido fue donde comencé a sonreír de nuevo y disfrutar el proceso, simultáneamente la carga se aligero y se volvió divertida, las visitas que recibíamos de desconocidos producto de lo populares que se volvieron en redes sociales lo amenizaban aún más. El saludo matutino –¿Buenos días cagones como amanecimos?- Pronto fue substituido por el -¿Buenos días cagones ahora que carajos rompieron?- Y es que modestia aparte mis protegidos eran once bolitas en entropía rebotando de una pared a otra del negocio dejando esquelas de destrozo a su paso hasta acomodarse en un rincón remoto donde sin energía se amontonaban uno encima de otro a dormir mientras se hacia el recuento de los daños, paz absoluta que solo duraba algunos minutos porque el mas mínimo sonido ajeno a su conocimiento activaba de nuevo su curiosidad e instinto depredador del que no sobrevivieron cables, accesorios propios de mi trabajo, juguetes y coleccionables que desenterraban del baúl de mis perdidas.

En un principio contaba los días que sobrevivían, después los días que faltaban para que se fueran y me dejaran descansar y la última noche… solo se me escurrían las horas para despedirme de ellos sin poder detenerlas. -“Y así se fueron, dejando a su paso juguetes, cables rotos y cobijas desgarradas”- escribí en mi muro. -“Y una paz que incomoda y el silencio de un vacío que aletarga emociones”- me atreví a añadir. Hoy, recibí un regalo que resumió los pasados dos meses de mi vida en una imagen que lo justifica todo, que revive motivos y que sé que exhortara a conocidos y extraños a seguir promoviendo la esterilización, la cultura de la adopción y el respeto a todas las especies, la imagen… mis once inquilinos con sus familias adoptivas.

De un lugar creado y sostenido por nuestra irresponsabilidad y egoísmo, donde nos deshacemos y olvidamos de vidas inocentes, al calor de un hogar con la promesa de un mejor futuro, es el trayecto de esta historia y que como ella existen miles que no corrieron con la dicha de la misma conclusión.

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